La
“suerte” de hacer de una pasión el trabajo diario
Cristina
Tabernero Sala, Doctora y Profesora Agregada de la Universidad de
Navarra, es una apasionada de la lengua y la literatura que ha
conseguido hacer de su mayor entretenimiento su profesión.
Sentada
en su despacho me recibe Cristina Tabernero, un despacho con el
escritorio cubierto de libros abiertos y papeles apilados que
describe a la perfección el trabajo de un investigador, pero si a la
labor de un investigador cualquiera se suma la pasión por la lengua
y la literatura de Cristina, no resulta extraño que la cantidad de
documentos sea aún mayor. Documentos del siglo XVI y XVII, listas de
insultos antiguos, denuncias... como herramienta de trabajo, para una
investigación curiosa para todo aquel que escucha sobre ella por
primera vez.
Cristina
Tabernero no eligió Filología hispánica por casualidad, su
decisión la tenía clara desde que era una niña. «Siempre
corregía a los demás, “eso no se dice así”, les decía.
Resultaba hasta una niña un poco pedantilla»,
dice entre risas, “nunca me conformaba, siempre tenía que buscar
el porqué, lo que me hizo una inconformista, con una inquietud
constante por todo aquello que desconocía”. Aunque no sabía el
nombre de la carrera, bien conocía su contenido. Su gusto por la
literatura le hizo plantearse la necesidad de “desmenuzar los
textos que leía” como ella afirma. Tenía un modelo en casa, su
hermana cuatro años mayor que ella, quien pudo guiarle en la
elección y explicarle que lo que ella buscaba tenía unos estudios
especializados a los que iba a poder dedicarse toda su vida.
A
pesar de que con los años Cristina ha encaminando su campo de
investigación hacia la lengua, sus intereses iniciales se centraban
en la literatura y en el latín. Entendía la lengua como un
instrumento más que le iba a permitir conocer más a fondo su objeto
de estudio. Para ella era imposible entender una cosa sin la otra, ya
que ambas se dan simultáneamente “sin lengua no hay literatura, y
qué mejor forma de conocer la lengua que a través de los textos”.
Su actitud ante la materia queda definida por la palabra que
caracteriza a sus estudios: “filología”, amor por la palabra,
palabra entendida en todas sus manifestaciones.
Empezó
sus estudios de Filología hispánica en la Universidad de Navarra en
1985, pero no fue hasta cuarto de carrera cuando Cristina empezó a
tener clara su especialización. La lengua se había convertido en
algo más que el instrumento con el que se escribían sus libros que
he comentado antes, sino que había pasado a ser su centro de
interés. Una asignatura de cuarto, Historia de la Lengua Española,
le hizo plantearse seriamente su valor y la necesidad que tenía de
responder a todos los porqués que le sobrevenían. En quinto se
decantó por este campo de la Filología, pero sin dejar nunca de
lado la literatura, entendiendo ambas partes como un todo.
Aunque
todo parece apuntar a una futura investigadora, Cristina no se lo
había planteado nunca. Terminó sus estudios en 1990, obteniendo el
Premio extraordinario de Licenciatura. Llegó entonces una oferta de
la Universidad en la que le pedían que se quedase en el Departamento
con una beca de Doctorado, lo que le hizo cambiar de opinión. Su
idea inicial de buscar trabajo al finalizar los estudios se
transformó en la de indagar en la Lingüística Histórica,
disciplina que estudia la evolución de la lengua a lo largo del
tiempo, y en la Dialectología, disciplina que estudia la forma de
hablar característica de cada zona.
Dio
comienzo una de las etapas más intensas de su vida, el doctorado,
que duró cinco años. “Una tesis siempre absorbe, pero si lo que
haces te gusta, siempre queda un buen recuerdo”, afirma. Esta
pasión le llevó a conseguir el Premio extraordinario de Doctorado
en 1996 con su tesis: La configuración del vocabulario en el
romance navarro y hacer de la investigación su forma de vida. El
Doctorado le permitió ver si realmente servía para ser
investigadora y si se veía dedicando su vida a ello. “Tuve suerte”
afirma Cristina, “pero también eran otros tiempos”, ya que desde
ese momento continuó en la Universidad de Navarra, donde empezó a
compaginar la investigación con la docencia, sintiéndose “una
privilegiada que se lo pasa bien con lo que hace y disfruta”. En la
actualidad imparte clases en Licenciatura, Grado, Doctorado y Máster,
con asignaturas como Fonética y Fonología, Español americano o
Tradiciones discursivas entre otras.
Con
el paso de los años se fue especializando en la Dialectología
antigua y local, intentando mantener una línea constante entre los
distintos proyectos de investigación. También llevo a cabo
indagaciones en la historia de la lengua española, fundamentalmente
basadas en la Lexicografía, disciplina técnica que se basa en la elaboración de diccionarios, y el
léxico histórico, que se combinaban con el análisis de discursos
históricos. Cambió los textos literarios por la documentación no
literaria como denuncias, procesos, etc.
El
estudio que comenzó con su tesis se completó años más tarde con
la publicación del libro Navarrismos en el Diccionario de la Real
Academia Española, junto con la Dra. Carmen Saralegui, así como
la inclusión de Navarra dentro del Proyecto Panispánico de Léxico
Disponible.1
Ahora
se encuentra inmersa en un nuevo proyecto que estudia los insultos de
los siglos XVI y XVII, recogiendo la información que aparece en los
procesos por injurias de dichos siglos. El trabajo se incluye dentro
de los proyectos del Grupo de Investigación del Siglo de Oro
(GRISO), en colaboración con el profesor de Historia, Jesús María
Usunáriz, quien se encarga de localizar los textos. La importancia
de estos estudios radica en su “reflejo de la relación entre la
lengua y la sociedad de cada época. Aporta mucha información acerca
de la concepción del insulto como reacción, como arma arrojadiza,
que se tenía en esos siglos”. A pesar de que la investigación en
humanidades muchas veces se encuentra minusvalorada por parte de la
sociedad actual, cabe decir, como señala Cristina, que el problema
radica en el tipo de utilidad de estos estudios, ya que tienen una
utilidad distinta, no tan pragmática, pero permiten conocer las
sociedades pasadas y de dónde viene un instrumento tan humano y
cotidiano como es la lengua.
“La
actitud de investigadora se traslada a tu vida cotidiana, a veces nos
volvemos incluso demasiado racionales, pero no acepto un porque sí.
Si algo me interesa investigaré hasta encontrar el porqué, y si no
lo encuentro, me pegaré contra una pared, pero lo habré intentado”,
sentencia Cristina.
1Cfr.
Cristina Tabernero Sala, Grupo
de Investigación del Siglo de Oro.
<http://www.unav.edu/centro/griso/cristina>